De repente, el lugar se empezaba a inundar y con el agua venían las serpientes. Yo sabía que la gran serpiente estaba llegando... Una anaconda gigantesca, que sólo podía calmar si encontraba el cristal y se lo ponía frente a los ojos. Tenía que poner a mi familia a salvo...
Subíamos al segundo piso por unas escaleras enormes y viejas. El segundo piso rodeaba al jardín y tenía una hermosa vista del mismo.
Encointraba el cristal, de tonalidad violácea, justo al mismo tiempo que la gran serpiente subía arrastrándose por las escaleras.














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