Era de tarde y no había nadie en las calles. Sólo nosotros dos nos paseábamos charlando con el sonido del viento y el crujido de las hojas secas por eco. Él hablaba animadamente, gesticulando, haciendo infinidad de ademanes con sus manos. Parecía dibujar sus historias en el aire. Yo lo miraba como hechizada, lo escuchaba con atención y sonreía. Adoraba estar con él, era tan divertido. Sabía que no podía revelar mi secreto, pero al menos me conformaba con su compañía. Además, el hecho de que estuviera tomando cada vez más confianza en mí, me llenaba de alegría. Me estaba dando un lugar como amiga en su vida y yo fantaseaba con que tal vez algún día, él sintiera algo por mí.
Nos dirigíamos hacia la vieja casona en donde desde que yo tenía memoria, había funcionado una librería. No era cualquier librería, estaba llena de viejos y raros ejemplares que no se conseguían en otras partes. Verdaderas obras de arte. La colección era tan grande, que en los días con buen tiempo, la dueña sacaba cientos de libros a los techos de tejas oscuras custodiados por gárgolas. Se podía acceder a esos libros por las ventanas de las habitaciones más altas y allí leer por horas. La vieja casona, incluyendo a su dueña, tenían un aspecto lúgubre.
En el trayecto y en medio de un mar de palabras y carcajadas él me tomó de la mano. Así, como si nada. Haciendo hamacar nuestros brazos al compás de la caminata. Me tomó por total sorpresa. Tal vez para él fuera sólo un inocente juego, pero para mí, era un momento tan único, que ni siquiera alcanzaba a disimularlo.
Tomaba mi mano con tal firmeza y a la vez con tal suavidad, que hizo que me sintiera segura.
A medida que nos acercábamos a nuestro destino, el sonido de sus palabras iba cambiando, ahora me hablaba con más dulzura y su mirada también era diferente. Como si mis sueños se hubiesen cumplido de repente. Comenzaba a darse cuenta de que había una conexión entre nosotros muy especial. Ahora caminábamos abrazados.
Llegamos a la librería y subimos hasta el altillo. Él buscaba un libro muy especial. Lo divisó a través de la ventana, la cual abrió y atravesó, invitándome a seguirlo. Ambos estábamos sentados en el techo, mientras él hojeaba el viejo y extraño libro. Sus hojas amarillas y resquebrajadas, su cubierta de cuero y sus extraños dibujos me habían sorprendido. Él se quejaba porque la figura de la portada era la más popular del autor, pero no la mejor y que hubiera deseado que eligieran otra para ilustrar aquella tapa. Luego comenzó a recitar extrañas palabras que yo no podía entender y para mi asombro, de una columna de humo gris que se había levantado en una pequeña terraza de la casa a nuestra derecha, apareció el espíritu del autor del libro, quien había sido un hechicero de antaño.
Mi compañero se sorprendió. No esperaba que aquello pasara y comenzó a inquietarse. No era bueno invocar al hechicero, ya que era demasiado poderoso y cruel. El espíritu todavía no se daba cuenta de nuestra presencia, caminaba de un lado a otro hablando sólo mientras el chico hojeaba rápidamente el libro buscando una solución. De repente, el hechicero se detuvo y nos miró fijamente mientras que al mismo tiempo mi amigo me tomaba por la cintura en señal de que empezara a escapar por lo techos con él. Así lo hicimos. Comenzamos a correr, resbalándonos con las tejas, trastabillando, mientras el hechicero creaba una fuerte tormenta de tierra y viento que quería devorarnos. Estaba tan asustada.
Saltamos un par de techos más y nos metimos por una pequeña ventanita que daba a un pequeño altillo. Allí él buscó rápidamente revertir el hechizo. Pronunció nuevamente otras palabras desconocidas para mí, justo al tiempo que la tormenta rompía el vidrio de la ventana. Estaba sobre nosotros.
No había más nada que hacer. Nos miramos. Él me besó. Cerré los ojos.
Calma. Ahora todo era calma. Podía escuchar a los pájaros cantando en una rama cercana y la calidez del sol que se filtraba entre las hojas me acariciaba la mejilla.
Abrí los ojos y estaba en el parque. Él estaba a mi lado, despertando también. Y justo cuando iba a abrazarlo y besarlo, él abrió sus ojos, sonrió y saludó a mi hermana, quien leía un libro recostada en el árbol de al lado. Se acercó y la besó. A mí casi ni me miró. Como si nunca nada hubiera pasado, pero yo sabía que no había sido sólo un sueño. Sabía que apenas habíamos podido escapar del peligro. Sin embargo, por más que lo contara, nadie lo creería.
Ahora tenía 2 secretos para guardar.














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